Eso que llaman amor, es trabajo no pago.

En la actualidad, las mujeres aún tenemos doble jornada laboral. Además de desempeñarnos profesionalmente en ámbitos de trabajo que discriminan nuestras aptitudes y que nos ofrecen salarios significativamente menores al que reciben los varones, nos vemos obligadas a llevar adelante -en la soledad de nuestros hogares y sin ningún tipo de reconocimiento- el trabajo doméstico. En el marco del sistema patriarcal y capitalista que históricamente ha asociado -y continúa asociando- el ámbito y las tareas “domésticas” (y, por ende, mal comprendidas como tareas “privadas” y “femeninas”) a nuestras capacidades reproductivas, la doble jornada laboral ha sido diseñada con un claro objetivo: el explotarnos y esclavizar nuestra mano de obra, haciéndonos trabajar gratuitamente y desestimando las tareas domésticas que realizamos al ni siquiera comprenderlas como un “trabajo”.

El rol de madre y esposa que somos obligadas a llevar a cabo determina un arrebato de nuestro tiempo para poder desarrollarnos en ámbitos profesionales y una falta de reconocimiento constante que es consecuencia directa del hecho de que se nos obliga sistemáticamente a realizar toda tarea de cuidado como si ello fuera nuestro “deber nato” en tanto mujeres y no una labor que se nos impone para que el patriarcado capitalista pueda seguir funcionando de la forma en que funciona. Así es que las mujeres terminamos siendo condenadas a ser reproductoras del sistema siendo, simultáneamente, esclavas de su servicio.

Cabe aclarar que partimos de la base de comprender que el concepto de “ama de casa” no sólo remite a las mujeres contratadas por sus empleadores para realizar servicios de limpieza en sus hogares; por el contrario, a nuestro entender, comprende a la completitud de mujeres, esposas, madres e hijas que somos quiénes nos hacemos cargo de las tareas domésticas en nuestras propias casas y, de este modo, somos forzadas a realizar dobles -o hasta triples- jornadas de trabajo en la cotidianeidad de nuestra vida diaria.

Por otro lado, consideramos que es evidente que nuestros derechos son y están condicionados por las situaciones socioeconómicas del contexto. Cuando las mujeres empleadas de casa -aún sin ser reconocidas como trabajadoras amparadas por la Ley de Contrato de Trabajo- recibieron un mínimo reconocimiento a su labor al otorgarles el derecho a percibir jubilaciones mediante la ley nacional de Moratoria sancionada en 1992 pero recién implementada en 2006, ello terminó siendo sólo una victoria provisoria para ellas puesto que, el pasado 14 de mayo y a pedido del Fondo Monetario Internacional, el gobierno ha decidido eliminar a partir del 1 de julio de 2019 este derecho quitando las jubilaciones y afectando, en consecuencia, a más de 4 millones de mujeres que ya habían logrado acceder al derecho a cobrar una jubilación y a todas aquellas que aún no habían logrado ser amparadas por el régimen previsional.

Este es solo un ejemplo más que muestra cómo en toda crisis, somos las mujeres las primeras que sufren recortes y abandonos del Estado en la medida en que los conflictos socioeconómicos nos impactan directamente dada la feminización de la pobreza. Sólo en este contexto se explica el desamparo actual al que se deja a las empleadas domésticas como consecuencia de la eliminación del régimen previsional de jubilaciones.

Erróneamente, luego de la incorporación de las mujeres al mercado laboral que tuvo lugar a partir de mediados del siglo XX, se suele creer superada la etapa del modelo de “familia tradicional” en el que las mujeres quedábamos resignadas al hogar mientras que los varones eran los únicos que podían salir al espacio “público” para convertirse, de este modo, en los únicos sustentos económicos posibles para sus familias. Pero la realidad es que, en la actualidad, no nos encontramos muy lejos de esa opresiva imposición de roles de género cuando observamos que, según estima el INDEC, las mujeres destinamos 6 horas promedio por día a tareas domésticas mientras que los varones destinan menos de la mitad. De esta manera se evidencia que, cuando se trata de derechos de las mujeres, hablamos siempre de una democracia restringida cuya mayor o menor “libertad” para nosotras termina dependiendo constantemente de las conveniencias de lOs poderosOs.

En este contexto, creemos evidente que hoy el derecho de las mujeres trabajadoras domésticas a recibir jubilaciones claramente no conviene a los poderosos que nos gobiernan: al no extenderse la prórroga de la ley nacional de Moratoria, las empleadas domésticas en edad de jubilarse no podrán obtener los años de aportes que generaron con tanto sacrificio y, por lo tanto, no podrán jubilarse.

Repudiamos con fuerza tal eliminación de la ley moratoria previsional y consideramos imperioso que nos levantemos contra esta injusticia monumental que afecta a miles y miles de mujeres que trabajaron toda su vida para no obtener ni el más mínimo reconocimiento al enfrentarse al abandono renovado de un Estado que responde a intereses patriarcales, capitalistas y neoliberales.

Debemos salir a las calles, dar la pelea en cada ámbito para no dejar pasar este ataque directo a lo conquistado, para no dejar pasar el abandono hacia miles de empleadas domésticas y para que se sepa que nosotras nos mantenemos en vigilia por cada mujer que sufre los peores atropellos que no dejan de condenarlas a una vida llena de dolor y sometimiento.

¡NO A LA ELIMINACIÓN DE LA LEY NACIONAL DE MORATORIA!

¡NO A LA QUITA DE DERECHOS PARA MUJERES TRABAJADORAS!

¡POR LA LIBERACIÓN DE TODAS!

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